La Paisana Jacinta ha sido bastante popular —en el Perú, claro—. Se ha dicho mucho sobre lo denigrante que ha sido para la mujer andina, y si a día de hoy alguien intenta buscarle la vuelta, cuidado: ese ser no sabe de razones.
Hay cosas que no se pueden negar: el mal olor, el hecho de que a veces se la presente buscando comida en la basura o normalizar que sufra de una Taenia solium (cholitaria) dejan mucho que desear. Pero hay algo que todavía nadie termina de analizar en serio, y es justamente lo que más me interesa a mí: la hipersexualidad de Jacinta.
Así como lo lees: el personaje posee una fijación por el sexo. La mayoría de sus comentarios giran en torno a eso; incluso su miedo más grande habita ahí. Seguro no lo recuerdas, pero es ser víctima de una violación.
Y eso es una denuncia en toda regla, un llamado de atención, pero parece que Benavides no era consciente de lo que tenía entre las manos y simplemente lo utilizó de muletilla para sus chistes rancios.
Evidentemente, estos guiones fueron escritos por un hombre, y se nota en cada gag: el sexo de Jacinta no existe para hablar de ella, existe para que el público se ría de ella. Su físico se presenta como algo grotesco, su miedo a la violación se minimiza. Las pulsiones sexuales que siente al hablar de su pareja son motivo de burla. Jacinta también hace observaciones de carácter sexual, casi siempre fulano o mengano son gays o prostitutas. Su visión y sentido del humor gira en torno a eso. Y claro, en su momento daba risa, hoy da vergüenza ajena.
Solamente imagina el show de La Paisana Jacinta con los guiones de Wendy Ramos… ¡eso hubiera sido un golazo! Pero no. Pataclaun y la Paisana Jacinta eran dos mundos diferentes pero, curiosamente, para un mismo público.
La forma en la que Jacinta vivía su sexualidad podría haber sido el centro de un personaje riquísimo en contenido de denuncia, solemnidad y valentía, pero no. Nunca existió y hoy es solo un detalle que lees en el blog de un desconocido… O sea yo.
Barcelona
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