Han pasado nueve años desde que te conocí y aún no olvido nuestro encuentro, Kristina.
Vestías muy elegante, de negro, con una blusa transparente que acentuaba tu palidez y tu cabello casi blanco. Lo escandinavo se te notaba a leguas: muy alta, delgada y con los ojos turquesa más espectaculares que he visto hasta hoy.
Te hablé sin rodeos. Te pregunté el nombre y respondiste con naturalidad, como si ya estuvieras acostumbrada a esa clase de dinámicas.
Me hiciste adivinar tu país y juraste conocer el mío. Me mostraste las fotos que te había hecho tu ex frente a la Plaza de Armas de mi ciudad. Sentí celos, no lo voy a negar. Yo pasaba por ahí todos los días y jamás te había visto.
Puta vida: nos presentó al otro lado del charco, justo el penúltimo día en Europa.
Supongo que esa mezcla de arrechura y sincronicidad me hizo creer, como buen latino mochilero, que eras el amor de mi vida. Así, sin lógica alguna. Pero no dije nada. Seguí mi táctica de seducción al pie de la letra, tal como indicaba mi fotocopia de Magic Bullets (Manual de seducción).
Te invité a salir esa misma noche. Dijiste que no, que ya tenías planes, pero que a lo mejor salíamos al día siguiente.
Me decepcioné. Pero al día siguiente me sorprendiste.
Estaba en el living, junto a un grupo de desconocidos, cuando cruzaste el salón con el cabello húmedo y oliendo a champú de manzana. Estabas radiante.
—¿Salimos hoy entonces? —me preguntaste, tocándome el hombro con dulzura y mirándome con picardía.
Yo, al igual que todos los presentes, me quedé embobado con tu frescura, tu mirada y tu español, pronunciado como una máquina de escribir antigua.
Tuve una erección.
Salimos, pero invitaste a cinco chicos más. Quedé en el montón. Aun así, acepté salir y pasarla bien. No te voy a mentir: me aburrí. No había un plan concreto y todos hablaban al mismo tiempo, intentando retener tu atención el mayor tiempo posible.
Era una batalla relativamente fácil: todos se autoendiosaban. Cuando llegó mi turno, te ofrecí una charla humilde sobre la trascendencia, el espíritu y la ayahuasca.
De pronto, nos habíamos quedado solos. El grupo se había adelantado unos cien metros. Pasamos frente a una discoteca latina donde sonaba reguetón a todo volumen y no lo aguanté más. Sin pensarlo, te tomé de la mano.
—Vamos.
Yo sé que esa actitud te encantó. Lo vi en tu salto de emoción, en el pequeño aplauso con el que celebraste mi propuesta y mi determinación… y también en que pagaste los cuarenta euros de las entradas.
Apenas cruzamos la puerta, te di un beso apasionado, como quien marca territorio. No me lo podía creer. Aunque, pensándolo bien, creo que tú ya te lo esperabas.
Sinceramente, no recuerdo mucho de lo que pasó después. Sé que no bebimos porque todo estaba carísimo y que el ambiente era hostil: estaba lleno de dominicanos que fumaban narguiles y te miraban como a un trozo de carne, aunque creo que eso te excitaba.
El bartender me hizo una seña que parecía decir: «¡Excelente ejemplar!».
Yo le respondí con otra: «Lo sé, hermano, lo sé».
Te dije que eras el amor de mi vida, que lo sabía porque lo había visto en mi futuro durante una ceremonia de ayahuasca. Esto último no venía en el manual, pero pensé que podía engancharte con eso.
No lo logré.
Me dijiste que solo estarías conmigo esa noche y que me preparara. No entendí a qué te referías. Te juré que iría a buscarte a tu ciudad y, entonces, por primera vez, vi una expresión diferente en tus ojos, como si trataras de ver a través de mí.
Dudaste un segundo, llamaste al bartender y le pediste una servilleta y un boli. Me escribiste tu dirección exacta y tu número de teléfono.
Buscamos hostales y hoteles para consumar nuestra noche, pero todo estaba cerrado. Aprendí una valiosa lección: en Europa todo requiere anticipación y planificación. Incluso para follar con una desconocida hay que tener prevista la azarosidad.
Volvimos al hostel algo decepcionados, pero calientes, y se me ocurrió una idea genial: las escaleras del hostel.
Me preguntaste:
—¿Podrás conmigo?
No respondí. Solo moví la cabeza afirmativamente.
Lo hicimos. No sé si eras tú o los cuarenta grados que hacía en Madrid aquella noche, pero, en efecto, eras fuego. Un fuego inimaginable. Bastó tenerte agarrada de las caderas y contemplar aquel paisaje que iba y venía para que me quemaras al instante.
No duré ni treinta segundos.
Aquel fuego me subió a la cara hasta ponerme rojo de vergüenza. Y te juro que, hasta el día de hoy, aunque no me lo hayas creído, eso nunca me había pasado.
Estabas decepcionada. Entraste en tu habitación; yo entré en la mía y me dejé caer en la cama, pensativo, mirando al techo. Insatisfecho, pero saciado a la vez.
Al día siguiente ya eras otra persona: indiferente.
Te busqué en la cocina y me ignoraste. Te saludé en el living y apenas levantaste una mano.
Cabrona.
Llegó un mexicano que supo leer la tensión del ambiente y, como buen macho, se puso a la defensiva y territorial casi al instante. Los demás tuvieron que separarnos para evitar que aquello terminara en conflicto.
Lo vi clarísimo: te había gustado el mexicano. No hablaba de espiritualidad, chupaba como una esponja y era el payaso del grupo.
Honestamente, no entendía qué le veías.
Yo era más inteligente y más alto.
Por la tarde volviste a arreglarte. Esta vez olías a jazmín y evitaste pasar cerca de mí. Saliste con los demás y ni siquiera me invitaste.
Me dolió. Me dolió terriblemente.
Bebí cervezas en oferta para dejar de sentir, hasta que terminé dormido.
Me despertó la alarma a las cuatro de la mañana. ¡Mi vuelo salía a las ocho!
Empecé a hacer las maletas a toda prisa y, de pronto, escuché gemidos a lo lejos.
Temí lo peor.
Intenté concentrarme en mis cosas, pero no podía. Podían ser cualquiera: los nicaragüenses raros, Benito y José, o tal vez Anh, la artista vietnamita…
Sí, seguro que era ella.
No doblaba la ropa; la hacía bolas. Guardé mis libros y las barajas de tarot que había conseguido durante el Eurotrip mientras me preguntaba: ¿debía perder el vuelo y presentarme por sorpresa en la puerta de tu casa, o volver a mi país y olvidarme de todo?
Dudé y dudé mientras terminaba de hacer el equipaje. Finalmente, me quedé petrificado. Yo había terminado y, del otro lado, también. Todo estaba en silencio.
Salí despacio al living y me encontré con Arturo, el venezolano que había llegado a España con la intención de traer a su familia.
¡Qué gran tipo! Todavía lo recuerdo con cariño.
Me miró con pena. No dijo nada. Solo dirigió la mirada hacia la puerta de tu habitación. La seguí.
Caminé hasta allí y giré el picaporte. Estaba abierto.
Todos estaban en sus literas. Tú estabas en tu cama, abrazada al mexicano, y ambos apestaban a alcohol. Estaban privados; no notaron cuando me senté en la cama junto a ustedes.
Quería llorar. Me sentía traicionado y burlado.
Te miré. Ya no me pareciste tan bonita. Tal vez era el ángulo, o la sombra que proyectaba aquel borracho que te acompañaba.
Se me ocurrió levantar la sábana. Estaban desnudos de la cintura para abajo.
Vi tus nalgas.
Tampoco eras la gran cosa. Él era más culón que tú.
Me levanté y caminé hacia la puerta, odiándolos a los dos. ¿Él también sería temporal? ¿También le habías dado tu dirección? ¿Estaban desnudos de cintura para abajo por el calor o es que habían follado?
¿Por qué no me habían llamado para un trío?
Cerca de la puerta había un iPhone, de los últimos modelos, sobre una mesita de noche. Pensé en vengarme y robármelo, pero algo me dijo:
«Ya fue, déjalos».
Salí. Arturo estaba afuera, ordenando folios y revisando documentos. Nos miramos.
Comprendió mi dolor latinoamericano.
Cogí mis maletas y me fui al aeropuerto. Apenas recuerdo el trayecto en metro ni la espera del avión. En mi mente solo estaban tus nalgas y su cara de dormido con una sonrisota.
Llegué a mi asiento y me abroché el cinturón. Solo entonces sentí los estragos de la resaca. Me di cuenta de que llevaba horas con la cabeza dando vueltas sin prestarles atención.
A mi lado se sentó una mujer con un bebé que no dejó de llorar durante todo el viaje. No sé por qué lloraba tanto. ¿Hambre, quizá?
Carajo, lo mío era mucho más doloroso.
Decidí dejar de pensar. Sabía que volvería a Europa algún día, pero en ese momento solo quería llegar a mi país y hacerle el amor a mi novia.
Madrid
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